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EL MUNDO DE LOS ESPÍRITUS Y EL ESTADO DEL HOMBRE DESPUÉS DE LA MUERTE 

49

El hombre después de la muerte es tal como lo fue en su vida en el mundo

470. Que la vida de cada uno le remanece después de la muerte lo sabe todo cristiano por el Verbo, porque en él se dice en muchos lugares que el hombre será juzgado y retribuido según sus hechos y obras. Además quien piensa por el bien y la verdad misma no deja de ver que todo él que vive bien va al cielo, y él que vive mal va al infierno. Pero él que se halla en el mal no quiere, sin embargo, creer que su estado después de la muerte será conforme su vida en el mundo, sino que piensa, y particularmente cuando está enfermo, que el cielo es para todos por pura misericordia, sea cual fuera la vida que han conducido y que lo es según y conforme la fe, la cual separa de la vida.

471. Que el hombre será juzgado y retribuido según sus hechos y obras se dice en el Verbo en muchos lugares; de los cuales citaré aquí algunos:

El hijo del hombre vendrá en la gloria del Padre con sus ángeles, y entonces dará a cada uno, conforme a sus obras (Mateo 16: 27).

Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor… sin duda, dice el espíritu, descansarán de sus trabajos… sus obras les siguen (Apocalipsis 14: 13).

Dará a cada uno según sus obras (Apocalipsis 2: 23).

Vi a los muertos, pequeños y grandes, delante de Dios, y los libros fueron abiertos y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras… y el mar dio los muertos que estaban en él, la muerte y los infiernos dieron los muertos que estaban en ellos, y fue juzgado cada uno según sus obras (Apocalipsis 20: 12, 13).

He aquí que yo vengo y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según su obra (Apocalipsis 22: 12).

Todo él que oye mi palabra y la hace, lo compararé a un hombre prudente y todo él que oye mi palabra y no la hace, se compara a un hombre insensato (Mateo  7: 24, 26).

No todo él que dice, Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos mas él que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día, Señor, Señor ¿no profetizamos en tu nombre? ¿Y en tu nombre no lanzamos demonios, y en tu nombre no hicimos muchos milagros? Mas entonces les protestaré Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad (Mateo 7: 21, 22, 23).

Entonces comenzareis a decir, Delante de ti hemos comido y bebido y en nuestra plaza enseñaste, mas dirá: Os digo que no os conozco, obradores de iniquidad (Lucas 13: 25-27).

Yo los pagaré conforme a sus hechos y conforme a las obras de sus manos (Jeremías 25: 14).

Jehová, cuyos ojos están abiertos sobre todos los caminos de los hijos de los hombres, para dar a cada uno según sus caminos y según el fruto de sus obras (Jeremías 32: 19).

Visitaré sobre… sus caminos y les pagaré conforme a sus obras (Oseas 4: 9).

Jehová… hace con nosotros conforme nuestros caminos y conforme nuestras obras (Zacarías i. 6).

Donde el Señor predica acerca del último juicio no menciona más que las obras y que entrará en el cielo o en la vida eterna él que ha hecho obras buenas, y en la condenación él que ha hecho obras malas (Mateo 25: 32-46); sin contar muchos otros lugares donde se trata de la salvación y de la condenación del hombre. Que las obras y los hechos son la vida exterior del hombre, y que mediante ellos se manifiesta su vida interior, cual y como es, es claro.

472. Pero por los hechos y las obras no se entienden los hechos y las obras, tan sólo cuales, y como se presentan en forma externa; sino también cuales y cómo son en su forma interna porque es bien sabido que todo hecho y toda obra proviene de la voluntad y del pensamiento del hombre; si no procediese de ahí, no sería más que un movimiento de aquellos que hacen los autómatas y las imágenes, por lo cual el acto y la obra en y por sí considerados no son más que un efecto, el cual deriva su alma y su vida de la voluntad y del pensamiento, hasta el punto de ser voluntad y pensamiento en efecto, y es por consiguiente, voluntad y pensamiento en forma externa. De ahí sigue que cual es la voluntad y el pensamiento que producen el acto y la obra, tal es también el acto y la obra; si el pensamiento y la voluntad son buenos, entonces los actos y las obras son buenos; pero si el pensamiento y la voluntad son malos, entonces los actos y las obras son malas, por más que en la forma externa parezcan iguales. Mil hombres pueden hacer una misma cosa, es decir, presentar iguales actos, o tan similares, que en cuanto a la forma exterior apenas pueden distinguirse, y sin embargo, en y por sí considerado, cada uno es diferente, puesto que proviene de una voluntad diferente. Sirva como ejemplo el obrar con sinceridad y justicia con respecto al prójimo. Algunos pueden obrar sincera y justamente con él, a fin de parecer sinceros y justos a causa de su honor y de sí mismo; otros por causa del mundo y del lucro; otros por causa de la retribución y del mérito; otros por causa de la amistad; otros por causa del temor de las leyes, de perjudicar su fama y su oficio; otros con el objeto de ganar a alguien para su partido, igualmente malo; otros a fin de poder engañar; y así todos de diferente manera; pero todos estos actos, por más que parezcan buenos, porque obrar sincera y justamente con su prójimo es bueno, son sin embargo malos, puesto que no se hacen por amor a lo sincero y a lo justo sino por amor a sí mismo y al mundo; a cuyo amor, lo sincero y lo justo sirven como los criados sirven a su amo, siendo por él despreciados y despedidos, cuando no le son de provecho. De igual manera en forma exterior obran también sincera y rectamente, con su prójimo, los que obran por amor a lo sincero y lo justo, algunos de ellos por causa de la verdad de la fe, por ser así preceptuado en el Verbo; algunos por causa del bien de la fe, o por conciencia, puesto que obran con motivos religiosos, algunos por causa del bien que pertenece al amor al prójimo, puesto que se debe ministrar a este bien; algunos por causa del bien del amor al Señor, porque debe hacerse el bien por causa del bien e igualmente lo sincero y justo por causa de lo sincero y justo, lo cual se ama por ser del Señor, por hallarse en ello lo Divino, que procede del Señor, y por ser ello en su esencia considerado por Divino. Estos actos u obras son buenas en cuanto a lo interior, por lo cual son buenos en cuanto a lo exterior, porque como se ha dicho antes, los hechos o las obras son exactamente tales cuales son el pensamiento y la voluntad de los cuales proceden, y sin estos no son actos y obras, sino tan sólo movimientos inanimados. Consta por esto, lo que en el Verbo se entiende por obras y actos.

473. Puesto que las obras y los actos proceden de la voluntad y del pensamiento, proceden también del amor y de la fe, porque decir amor y decir voluntad es lo mismo, y decir pensamiento decidido del hombre es lo mismo también; siendo así que lo que el hombre ama, eso también quiere, y lo que el hombre cree eso también piensa; si el hombre ama lo que cree, entonces también lo quiere, y en cuanto puede lo hace. Todos pueden saber que el amor y la fe se hallan en la voluntad y en el pensamiento del hombre, y que no se hallan fuera de ellos, siendo así que es la voluntad que se enardece por el amor, y el pensamiento que es iluminado en asuntos de la fe, por lo cual nadie más que los que pueden pensar sabiamente son iluminados y, según y conforme la iluminación, piensan las verdades y quieren las verdades, o lo que es lo mismo, creen las verdades y aman las verdades.

474. Pero hay que saber que la voluntad hace el hombre, y el pensamiento tan sólo en cuanto procede de la voluntad, y que los actos y obras proceden de ambos; o lo que es lo mismo, que el amor hace el hombre y la fe tan sólo en cuanto procede del amor, y que los actos y obras proceden de ambos; de ahí sigue que la voluntad o él amor es el hombre mismo, porque las cosas que proceden, pertenecen a aquello, de lo cual proceden; proceder es producirse y manifestarse en forma conveniente, a fin de que pueda apercibirse y aparecer. Por esto puede ser claro lo que es la fe sin el amor, es decir que no es fe, sino tan sólo saberes, los cuales no tienen en sí vida alguna espiritual; igualmente lo que son los actos u obras sin el amor, es decir que no son actos ú obras de la vida, sino que son actos y obras de la muerte, en los cuales hay una apariencia de vida, por el amor al mal, y por la fe en lo falso. Esta apariencia de vida es lo que se llama muerte espiritual.

475. Por último hay que saber que en los actos y en las obras es representado todo el hombre, y que su voluntad y pensamiento, o su amor y fe, que son las cosas interiores del hombre, no están completas hasta hallarse en actos y obras, que son las cosas exteriores del hombre; porque estas son las últimas cosas, en las cuales aquellas terminan, y sin las terminaciones son como cosas indefinidas, las cuales todavía no existen y por consiguiente no se hallan en el hombre. Pensar y querer sin hacer, cuando se puede, es como una llama encerrada en un vaso, que se extingue, o como simiente echada en arena, que no brota, mas que se pierde, junto con su prolífico; y pensar y querer y por ello hacer, es como una llama que despide en su derredor calor y luz, y es como simiente en la tierra, que brota, crece, haciéndose árbol o flores y existe. Cualquiera puede saber que querer y no hacer, cuando se puede, es no querer, y amar y no hacer el bien, cuando se puede, es no amar, por consiguiente que tan sólo es querer y amar en el pensamiento, o sea un pensamiento aislado, el cual desvanece y desaparece. El amor y la voluntad son el alma misma de las obras o los actos; forman su cuerpo de lo sincero y justo que hace el hombre. El cuerpo espiritual, o el cuerpo del espíritu del hombre, no viene de otra cosa, es decir, se forma precisamente de las cosas que el hombre hace por el amor o la voluntad (véase arriba, n. 463). En una palabra, todo cuanto pertenece al hombre y a su espíritu, está en sus actos y en sus obras.

476. Por esto puede ahora ser claro lo que se entiende por la vida que espera el hombre después de la muerte, es decir que es su amor y de ahí su fe, no tan sólo en potencia sino también en acto; por consiguiente que son los actos y las obras, puesto que estos encierran en sí todo cuanto pertenecen al amor y a la fe del hombre.

477. El amor dominante es el que permanece al hombre después de la muerte, y que jamás en toda eternidad cambia. Cada uno tiene varios amores, sin embargo todos se refieren a su amor reinante y hacen uno con este, o lo componen todos simultáneamente. Las cosas de la voluntad que concuerdan con el amor reinante se llaman todas ellas amores, porque se les ama. Estos amores son interiores y exteriores; hay de ellos que están unidos con él, directamente e indirectamente, hay más cercanos y más lejanos, son auxiliares que sirven de diferentes modos; todos en conjunto constituyen por decirlo así, un reino; porque de tal modo se hallan ordenados en el hombre, por más que el hombre nada sabe de su ordenación; pero algo le es revelado en la otra vida; porque según y coniforme su ordenación tiene allí extensión de pensamiento y de inclinación; extensión en las sociedades celestiales si el amor reinante consiste en los amores del cielo, pero en sociedades infernales sí el amor reinante consiste en amores del infierno. Que todo pensamiento e inclinación de los espíritus y ángeles tienen una extensión en las sociedades, puede verse arriba en el artículo de la sabiduría de los ángeles del cielo, y en el artículo de la forma del cielo, según y conforme la cual hay allí asociaciones y comunicaciones.

478. Pero lo que hasta ahora se ha dicho, no afecta más que al pensamiento del hombre racional; a fin de que aparezca perceptible ante los sentidos, consignaré experiencias mediante las cuales quedará ilustrado y confirmado. Primero, Que el hombre después de la muerte es su amor o su voluntad. Segundo, Que el hombre permanece eternamente tal cual es con respecto a su voluntad o amor reinante. Tercero, Que va al cielo el hombre que tiene un amor espiritual y celestial, y al infierno el hombre que tiene un amor corporal y mundano, sin amor celestial y espiritual. Cuarto, Que la fe no permanece en el hombre, a menos que no provenga de amor celestial. Quinto, Que el amor en acto es el que permanece, siendo por consiguiente la vida del hombre.

479. Que el hombre después de la muerte es su amor o su voluntad me ha sido probado por abundante experiencia. El cielo universal se distingue en sociedades según las diferencias del bien del amor, y cada espíritu que es elevado al cielo y hecho ángel es conducido a la sociedad en la cual se halla su amor; y cuando llega allí, se encuentra como si estuviera en su casa, o en la casa en que nació; esto percibe el ángel y se asocia allí a sus iguales. Cuando se aleja de allí y va a otra parte, siente una resistencia, y una inclinación y un anhelo de volver a reunirse con sus similares, así pues con su amor reinante. De esta manera se verifican asociaciones en el cielo. Igualmente en él infierno, donde también se hallan asociados según los amores opuestos a los celestiales. Que las sociedades constituyen el cielo y también el infierno, y que todas ellas se hallan distinguidas según las diferencias del amor, puede Verse arriba (n. 41-50 y n. 200-212). Que el hombre después de la muerte es su amor, puede asimismo constar esto de que entonces de él son apartadas y por así decir quitadas las cosas que no concuerdan con su amor reinante. De él que es bueno son apartadas y por así decir quitadas, todas las cosas de discordia y disensión, y de esta manera es introducido en su amor. De igual manera un malo, pero con la diferencia de que de este se quitan las verdades, y del bueno se quitan las falsedades, hasta que finalmente cada uno queda hecho su amor; esto se verifica cuando el hombre-espíritu es introducido en el tercer estado, del cual se hablara en lo que sigue. Cuando esto queda hecho el hombre vuelve siempre su rostro hacia su amor, el cual tiene continuamente delante de sus ojos, doquiera que se vuelva (véase arriba n. 123,124). Todos los espíritus pueden ser conducidos a donde sea, con tal que se les mantenga en su amor reinante, y no pueden resistir por más que saben que tal cosa se haga con ellos, e intentan oponerse. Varias, veces se ha probado si podían obrar en contra del mismo, pero no podían; su amor es como un vínculo, o como una cuerda que les sujeta, por la cual pueden ser arrastrados, y de la cual no pueden librarse. De igual manera sucede con los hombres en el mundo, los cuales son también conducidos por su amor y mediante su amor son conducidos por otros; pero en más alto grado cuando llegan a ser espíritus, puesto que entonces no es permitido aparentar tener otro amor, y exhibir mentirosamente uno que no es suyo. Que el espíritu del hombre es su amor reinante se manifiesta en todo trato en la otra vida, porque cuanto uno obra y habla según el amor de otro, tanto aparece este vivamente con rostro lleno, vivo y alegre; y cuanto obra y habla en contra de su amor, tanto empieza a mudar de rostro, confundirse y desaparecer y finalmente desaparece completamente, como si no hubiese estado allí. Varias veces me he extrañado de que esto suceda, no pudiendo existir tal cosa en el mundo; pero se me ha dicho que lo mismo acontece con el espíritu en el hombre, el cual al desviarse de otro no queda ya más ante su vista. Que el espíritu es su amor reinante es también claro poroso de que cada espíritu recoge y se apropia de las cosas que concuerdan con su amor, y rechaza todas las cosas que no concuerdan, separándose de ellas. El amor de cada uno es como madera esponjosa y porosa que absorbe tales jugos que favorecen su desarrollo, y rechaza los demás; y es como toda clase de animales que conocen sus alimentos y apetecen aquellos que armonizan con su naturaleza, y evitan los que no casan con ella; porque cada amor quiere ser alimentado por lo suyo; un amor malo por falsedades, un amor bueno por verdades; varias veces me ha sido permitido ver que ciertos buenos simples han querido enseñar a los malos en verdades y en bienes, pero que estos al empezar la enseñanza huyeron lejos, y llegados a los suyos acogieron con gusto las falsedades que concordaban con su amor; asimismo que los espíritus buenos han hablado entre sí de verdades, las fueron escuchadas con anhelo por los buenos presentes, pero los malos, también presentes, no prestaron oído como si no lo advirtieran. En el mundo espiritual aparecen caminos; unos conducen al cielo, otros al infierno, cada tino a cierta sociedad. Los espíritus buenos no van por otros caminos que aquellos que conducen al cielo, y a la sociedad en que se halla en el bien de su amor, y no ven los caminos que van en otra dirección. Los espíritus malos, por el contrario, no ven más caminos que los que conducen al infierno, y allí, a la sociedad que se halla en él mal de su amor; los caminos que van en otras direcciones no son notados por ellos; y si los ven, no quieren sin embargo ir por ellos; tales caminos en el mundo espiritual son apariencias reales que corresponden a las verdades o a las falsedades, por cuya razón en el Verbo, la palabra "caminos" significa esto. Por estos hechos de experiencia queda confirmado lo que se ha dicho por vía de raciocinio en lo que antecede, es decir que cada hombre después de la muerte es su amor y su voluntad; se dice voluntad, porque la voluntad misma de cada uno es su amor.

480. Que el hombre después de la muerte permanece tal cual es con respecto a su voluntad o su amor reinante también me ha sido confirmado por medio de variada experiencia. Me ha sido permitido hablar con algunos que vivían hace, dos mil años, cuya vida se halla referida en la historia, siendo por lo tanto conocida. Se averiguó que eran todavía como antes, y exactamente tales cuales son pintados; es decir con respecto al amor del cual y según el cual habían conducido su vida. Hubo otros que vivían hace diecisiete siglos y que también son conocidos por la historia, y hubo algunos que vivían hace cuatro siglos, y algunos que vivían hace tres siglos y así sucesivamente, con quienes también me ha sido permitido hablar, y se averiguó que todavía reinaban en ellos las mismas inclinaciones, sin más diferencia, que el hallarse los goces de su amor transformados en cosas correspondientes. Han dicho los ángeles que la vida del amor reinante en nadie cambia en toda la eternidad, por lo cual, al cambiar este amor en el espíritu, equivale a quitarle la vida o a extinguirla. Dijeron también la causa, es decir, que el hombre después de la muerte no puede ya ser reformado mediante enseñanza como en el mundo, puesto que el plano ulterior que consiste de conocimientos e inclinaciones naturales, entonces reposa, y no puede ser abierto, porque no es espiritual (véase arriba, n. 464); y porque sobre este plano descansan las cosas interiores, que son de la mente o del alma, como una casa sobre su fundamento, y que de ahí viene que el hombre permanece eternamente tal como ha sido toda la vida de su amor en el mundo. Los ángeles se extrañan mucho que los hombres no sepan que cada uno es tal cual es su amor reinante, y que muchos crean que pueden ser salvados mediante inmediata misericordia, o por la sola fe, sea cual fuere la calidad de su vida; y que no saben que la Divina misericordia es mediata, y que es ser guiado por el Señor, primero en el mundo y luego en la eternidad, siendo guiados por la misericordia los que no viven en el mal; y que tampoco sepan que la fe es una inclinación a la verdad, cuya inclinación procede del amor celestial, que es del Señor.

481. Que va al cielo el hombre cuyo amor es celestial y espiritual, y al infierno aquel cuyo amor es corporal y mundano sin amor celestial y espiritual, me ha podido constar por todos los que he visto ser elevados al cielo, o echados al infierno. Los que han sido conducidos al cielo habían llevado una vida de un amor celestial y espiritual; por otra parte, los que han sido echados al infierno, habían conducido una vida de un amor corporal y mundano. Amor celestial es amar el bien, la sinceridad y la justicia, por lo bueno, sincero y justo, y hacerlas por causa de este amor; de allí tienen una vida buena, sincera y justa, que es la vida celestial. Los que aman estas cosas por ellas mismas, y las hacen o las viven, aman también al Señor sobre todas las cosas, puesto que provienen de Él, y también aman al prójimo, puesto que estas cosas son el prójimo que ha de ser amado. Por otra parte, el amor corporal es amar el bien, lo sincero, lo justo, no por causa de esas cosas, sino por causa de sí mismo, porque mediante ellas adquieren fama, honores y ganancias; estos no ven al Señor y al prójimo en el bien, en lo sincero, y en lo justo, más ven a sí mismos y al mundo, gozándose en engaños, y el bien, la sinceridad y la justicia por engaño, son maldad, insinceridad e injusticia, las cuales aman en los anteriores. Siendo así que los-amores determinan la vida de cada uno, son examinados todos cuales y como son, tan pronto entran en el mundo espiritual y unidos a los que se hallan en similar amor; los que tienen amor celestial con los que están en el cielo, y los qué tienen amor corporal con los que están en el infierno; y también son separados, después de haber atravesado el primer y segundo estado, de manera que no se ven más ní se reconocen; cada uno se hace su amor, no sólo con las cosas interiores que pertenecen a la mente, sino también con las cosas exteriores que pertenecen al rostro, al cuerpo y al habla, porque cada uno se hace la imagen de su amor también en las cosas exteriores: Los que son amores corporales toman un aspecto rudo, sombrío, negro y disforme; los que, por otra parte, son amores celestiales, aparecen alegres, serenos, resplandecientes y hermosos; también son completamente diferentes con respecto a sus mentes y pensamiento; los que son amores celestiales son asimismo entendidos y sabios; pero los que son amores corporales son torpes y falsos. Cuando es dado de ver los interiores y los exteriores del pensamiento y de la inclinación de los que están en amor celestial, aparecen los interiores como luz; en algunos, como la luz del fuego, y los exteriores de varios colores semejantes a un arco iris; pero los interiores de los que están en amor corporal aparecen como negros, puesto que se hallan cerrados, y en algunos como un fuego de color sombrío; estos son los que han vivido en un malicioso engaño. Los exteriores aparecen de un color asqueroso y de un aspecto desolado. (Las cosas interiores y exteriores que pertenecen a la mente son exhibidas a la vista en el mundo espiritual, siempre y cuando place al Señor.) Los que se hallan en amor corporal nada ven en la luz del cielo; la luz del cielo es para ellos negras tinieblas; pero la luz del infierno, que es como la luz de carbón encendido, es para ellos como una luz clara. En la luz del cielo se ofusca también su vista interior de tal manera que se vuelven dementes, por lo cual huyen de ella, escondiéndose en antros y cavernas, profundamente que corresponden a las falsedades, que en ellos, procedentes del mal, hay. Lo contrario sucede con los que se hallan en amor celestial. Cuanto más son introducidos o elevados en la luz del cielo, tanto más claro ven, tanto más hermosas parecen también todas las cosas y tanto más entendida y sabiamente perciben las verdades. Los que se hallan en amor corporal no pueden en manera alguna vivir en el calor del cielo, porque el calor del cielo es amor celestial, sino en el calor del infierno, que es amor a ejercer crueldad contra otros que no les favorecen. El despreciar a otros, las enemistades, los odios, sentimientos de venganza, son los goces de aquel amor, y estando en ellos, están en su vida, ignorando por completo lo que es el hacer el bien a otros por el bien mismo, y por causa del bien mismo, sino solamente el bien por el mal, y por causa del mal. Los que están en amor corporal, ni siquiera pueden respirar en el cielo. Cuando algún espíritu malo es llevado allí, respira con dificultad como quien lucha en su agonía, pero los que se hallan en el amor celestial respiran tanto más y viven más libremente, cuanto más interiormente se hallan en el cielo. Puede por esto constar que el amor celestial y espiritual es el cielo en el hombre, puesto que este amor encierra todas las cosas del cielo, y que el amor corporal, mundano, sin amor celestial y espiritual es el infierno en el hombre, puesto que en este amor se hallan todas las cosas del infierno. Es pues claro que van al cielo, aquellos cuyo amor es celestial y espiritual, y van al infierno, aquellos cuyo amor es corporal y mundano sin celestial y espiritual.

482. Que la fe no permanece en el hombre, a menos de que proceda de amor celestial, me ha sido manifestado por tanta experiencia que si las cosas que con respeto a estas cosas he visto y he oído fuesen referidas, llenarían un libro. Puedo afirmar que no tienen fe alguna y ni pueden jamás tenerla, aquellos que se hallan en amor corporal y mundano, sin celestial y espiritual, y que sólo tienen un saber o una persuasión de que es verdad, porque sirve a su amor; algunos de los que han creído estar en la fe han sido llevados juntos a los que se hallaban en la fe, y entonces han percibido, por la comunicación dada, que no tenían fe alguna. Confesaron también, luego, que meramente creer en el Verbo y en la verdad no es fe, sino amar la verdad por amor celestial; y quererla, hacerla por inclinación interior. Fue también demostrado que su persuasión que llamaban fe era tan sólo como la luz del invierno, cuya luz, por carecer ella de calor, entorpece todas las cosas en la tierra, contraídas por el frío, y yacen bajo la nieve; por lo cual la luz de la persuasión en ellos apenas la hieren los rayos de la luz del cielo, no sólo se extingue, sino que se trueca en negras tinieblas, en las cuales nadie ve a sí mismo, y entonces también se oscurecen las cosas interiores de manera que nada absolutamente entienden, y se vuelven dementes por las falsedades. Por esto les son quitadas todas las verdades que han sabido por el Verbo y por la doctrina de la iglesia y que han dicho eran pertenencia de su fe, y en su lugar son penetrados por todo lo falso que concuerda con el mal de su vida, porque todos son introducidos en sus amores y en sus falsedades que concuerdan, y entonces tienen odio y aversión a las verdades, y las rechazan, porque se oponen a las falsedades del mal en el cual se hallan. Puedo testificar por toda mi experiencia de las cosas del cielo y del infierno, que los que por la doctrina profesan la fe sola, y se han hallado en el mal, con respecto a la vida, están todos en el infierno; he visto echar allí varios millares, de lo cual he tratado en el opúsculo "El Ultimo Juicio y La Babilonia Destruida."

483. Que el amor en acto es lo que permanece, siendo por consiguiente la vida del hombre, sigue como conclusión de lo que ahora se ha expuesto de experiencia, y de lo que se ha dicho antes acerca de los actos y obras. El amor en acto es la obra y el hecho.

484. Hay que saber que todo acto y toda obra pertenece a la vida moral y civil, y que por lo tanto mira a lo sincero y a lo recto, así como a lo justo y equitativo; lo sincero y lo recto pertenecen a la vida moral y lo justo y equitativo a la vida civil. El amor de la cual nace es o bien celestial o bien infernal. Las obras y hechos de la vida moral y civil son celestiales si se hacen por amor celestial, porque las cosas que se hacen por amor celestial se hacen por el Señor, y las que se hacen por el Señor son todas buenas; pero las obras y los hechos de la vida moral y civil son infernales, si se hacen por amor infernal, porque los que se hacen por este amor, el cual es el amor a sí mismo y al mundo, se hacen por el hombre mismo, y las cosas que se hacen por el hombre mismo son todas malas en sí mismas; el hombre considerado por sí y en sí mismo, o sea su propio, no es más que maldad.